Una vez leída la ponencia “La aventura de ser maestro” de José M. Esteve coincido en ella en que inicié sin tener formación docente, un buen día me vi frente a un grupo de jóvenes un año menor que yo y que además me habían visto como alumna de una generación anterior a ellos, así que ya podrán imaginar la angustia que eso represento para mí. Aún recuerdo la ansiedad que me producía que la clase que había preparado se me terminara antes de tiempo, y como invertía quizá hasta tres o cuatro horas para preparar la clase que yo daría en una hora, y el hecho de que me preguntasen algo que no supiera responder, creo que esta es una situación que vivimos todos al ser novatos en esta gran responsabilidad de educar.
Me parece muy acertada la definición de magisterio que hace Miguel de Unamuno en cuanto a que “dedicamos la propia vida a pensar y sentir, y hacer pensar y sentir”; ya que pensamos como lograr que el alumno se interese por el conocimiento y sentir la satisfacción de haber logrado precisamente esa inquietud; así como hacer pensar al alumno lo importante del conocimiento y que se sienta satisfecho de haber logrado el objetivo.
En ese trayecto de nuestra vida laboral frente a grupo vamos creando nuestra propia identidad profesional, en base a nuestra preparación y a la problemática que nos haya tocado vivir con los alumnos, de tal suerte que mediante ensayo y error hemos ido mejorando nuestro trabajo docente, desechando lo que no nos ha funcionado y puliendo lo que nos ha dado buenos resultado.
Para el docente no solo es suficiente dominar el contenido de la materia a impartir, sino que tiene que ser un buen comunicador, como menciona Esteve “un intermediario entre la ciencia y el alumno”, de nada serviría tener todo el conocimiento pero no saber transmitirlo; adaptar los contenidos al nivel de los alumnos para lograr enlazarlos al deseo del aprendizaje; además lograr un ambiente de disciplina para que nuestro trabajo sea productivo y que a final de cuentas los alumnos hagan lo que deseamos quizá sin darse cuenta.
Y como comenta Esteve en su ponencia la enseñanza puede ser una profesión ambivalente, te puedes aburrir sobre manera o vivir con pasión cada clase y las experiencias que en ella tengas. Yo he elegido vivir con pasión cada clase y gozar de las cosas que puedo aprender de cada uno de mis alumnos.
Me parece muy acertada la definición de magisterio que hace Miguel de Unamuno en cuanto a que “dedicamos la propia vida a pensar y sentir, y hacer pensar y sentir”; ya que pensamos como lograr que el alumno se interese por el conocimiento y sentir la satisfacción de haber logrado precisamente esa inquietud; así como hacer pensar al alumno lo importante del conocimiento y que se sienta satisfecho de haber logrado el objetivo.
En ese trayecto de nuestra vida laboral frente a grupo vamos creando nuestra propia identidad profesional, en base a nuestra preparación y a la problemática que nos haya tocado vivir con los alumnos, de tal suerte que mediante ensayo y error hemos ido mejorando nuestro trabajo docente, desechando lo que no nos ha funcionado y puliendo lo que nos ha dado buenos resultado.
Para el docente no solo es suficiente dominar el contenido de la materia a impartir, sino que tiene que ser un buen comunicador, como menciona Esteve “un intermediario entre la ciencia y el alumno”, de nada serviría tener todo el conocimiento pero no saber transmitirlo; adaptar los contenidos al nivel de los alumnos para lograr enlazarlos al deseo del aprendizaje; además lograr un ambiente de disciplina para que nuestro trabajo sea productivo y que a final de cuentas los alumnos hagan lo que deseamos quizá sin darse cuenta.
Y como comenta Esteve en su ponencia la enseñanza puede ser una profesión ambivalente, te puedes aburrir sobre manera o vivir con pasión cada clase y las experiencias que en ella tengas. Yo he elegido vivir con pasión cada clase y gozar de las cosas que puedo aprender de cada uno de mis alumnos.
Saludos desde Cd Madero Tam.
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